En ocasiones, de forma intencionada, paseo por casa a oscuras. Las referencias se pierden, intento agudizar todos mis sentidos, pero después de algunos metros, comienzo a sentir cierto nivel de ansiedad, inseguridad, me siento como perdida. Con suerte, esquivo los obstáculos, cosa que no siempre consigo: la mesa se interpone en mi camino o el marco de la puerta está mucho más cerca de los que pensaba.
Está claro que carezco de las habilidades y recursos necesarios para moverme en un medio, que aunque conocido, me es hostil. Y es entonces cuando me acuerdo de los alumnos y alumnas, porque creo que a veces, l@s profesor@s exigimos de ell@s respuestas a nivel personal o social que quizás no han tenido ocasión de desarrollar. El medio, la escuela, aunque conocido, en esos momentos les resulta hostil, lejano, incomprensible.
Podríamos, analizada la situación, ser conscientes de la necesidad de potenciar ciertas habilidades y destrezas, en lugar de decir, en ocasiones, muy ligeramente “es un maleducado”, “siempre está sola”, “no participa”…
¿Apagamos la luz unos instantes?

¡Buenísima metáfora! Más de un alumno hemos visto que ha tenido que ponerse las “gafas de infrarrojos” para poder orientarse en la oscuridad de las explicaciones docentes. Me ha encantado el post.
Un abrazo.
Juanjo: gracias por tu comentario. Cierto lo que dices, pero lo peor es que algun@s docentes parecen sentirse satisfechos con esos “elevados niveles” de sus explicaciones, al margen de lo que sus alumn@s puedan asimilar. Parece que a más oscuridad, más profesionalidad. ¿?
Un abrazo.
Exacto, y a más suspensos… más duro y correcto es un profesor. Eso lo piensan muchos. ¿Cómo no se dan cuenta algunos de que si suspenden al 80% de una clase indiscutiblemente el problema está en el profesor? Hace poco decía en Huelva: tenemos la experiencia de ver que los alumnos van mayoritariamente a unas clases y tienden a abandonar otras. Pues bien véamos qué pasa en esas a las que van e intentemos aplicarlo en todas. Y un mínimo análisis lleva a concluir:
-Los alumnos van a las clases de los profesores más humanos, cercanos.
-El sentido del humor atrae a los alumnos y les hace más soportables las horas de clase. Si alguien se ríe está predispuesto positivamente a aprender.
-El profesor que más se queja de los alumnos es el que menos dispuesto está a modificar absolutamente nada de sus apuntes de folios que amarillean año a año.
Y podríamos seguir analizando virtudes y aciertos, y errores. Sólo se trata, como decía, de ver en qué se acierta e intentar generalizarlo. Tan sencillo como difíciel de hacer ver a según qué profesores.
Un abrazo.
Juanjo, ¿tuviste que colocarte las “gafas” para poder “ver” con claridad entre tanto discurso caduco?
Necesitamos más “maestros” como los que describes en tu comentario: cercanos, dispuestos a escuchar, con sentido del humor, y que planteen sus relaciones con el alumnado desde el cariño, siendo conscientes, como hemos hablado en otras ocasiones, de que las expectativas que pongan en ell@s van a cumplirse (las positivas, pero, evidentemente, y con más fuerza si cabe, las negativas o falta de ellas).
Un abrazo.
Preciosa reflexión, Maribel. Sobre todo porque invitas a ella al sumergirnos con tu relato en la vivencia de esa oscuridad que genera miedo y que, por tanto, incapacita. Y así es, Maribel. La escuela está para dar luz, no oscuridad. La luz de esas bombillitas que tan gráficamente expresan la generación de ideas y que iluminan un aula.
Y frente a la oscuridad en la que viven los alumnos, porque nadie es capaz de indicarles dónde o cómo encontrar el propio interruptor, el comentario de Juanjo creo que alude a la oscuridad de algunos profesores, a su actitud negativa o pesimista, sobrevalorada a veces, frente a la actitud positiva u optimismo, asociada tan frecuentemente a la ingenuidad, banalidad…
Curiosamente, son las cualidades de las personas optimistas (el sentido del humor, la motivación hacia el cambio y la empatía -”más humanos, cercanos”-) las que predispone al aprendizaje y generan cambios positivos en los alumnos.
Es interesante comprobar esto con una simple experiencia. En mis cursos, para hablar de la actitud positiva como motor de cambio, invitaba a los asistentes a ponerse unas gafas muy oscuras y a describir sus impresiones, lo que veían, sentían,… Después miraban a través de gafas con cristal amarillo. No sólo las verbalizaciones eran distintas, también el tono y modulación de la voz, el gesto, la postura. Pero también se producían esos mismos cambios en los demás miembros del grupo que escuchaban.
Ahora conocemos de la existencia de las neuronas “espejo”, y que explica científicamente esto, pero siempre hemos sabido que las personas pesimistas producen rechazo, son reactivas y contagian su desaliento. Los que ven la vida a través de las gafas “fashion”, por el contrario, cautivan, son proactivos y derrochan energía.
La experiencia de las gafas está sacada, y adaptada, de un libro interesante, “Optimismo inteligente” de Carmelo Vázquez y Mª Dolores Avia
Abrazos
Gracias, chelucana. Tu comentario es muy amable, pero sobre todo, muy instructivo.
Creo en la actitud positiva como motor de cambio, veo cómo las personas que enfrentan la vida con la fuerza del optimismo contagian, generan en torno a sí redes poderosas, transmiten ilusión. En educación, debería ser una cualidad constante. He vivido la experiencia de profesor@s muy negativos y pesimistas, el sufrimiento que les genera, y como tú dices, el desaliento que crean en torno a sí. Pero creo que en muchas ocasiones, hay miedo al cambio.
Un abrazo.
Maribel